El mensajero de largas orejas
PUBLICAÇÃO
sexta-feira, 03 de abril de 1998
Claudio Salvador Especial para a Folha 
Claudio SalvadorEn
cualquier
parte,
puede
estar el
delicioso
premio
del
Conejo:
hay
que
buscarlo.La curiosidad popular se pregunta quién fue primero, el huevo o el conejo. En las colonias misioneras, este interrogante carece de sentido, pues el Conejo ha puesto huevos desde el comienzo de los tiempos, sin que ello despierte sospecha alguna. No piense que en Misiones existe alguna variedad extra¤a de este simpático mamífero. Tampoco un producto desviado de la manipulación genética de fines del milenio. La explicación es más sencilla y profundamente tierna.
Cuando la Pascua se acerca, no hay gallina de la Tierra Colorada que dé abasto y es normal que pidan auxilio a sus parientes, las patas, o lo que sea que ponga huevos de tama¤o conveniente para las necesidades del exigente Conejo.
Miles de docenas de huevos no son suficientes. El Conejo quiere más y no se conforma con cáscaras de chocolate. Porque en Misiones - y en abril - el chocolate se derrite de balde con la alta temperatura. El equipo del Conejo. Luego, una monta¤a de cascarones huecos caerá en manos de los ayudantes del Conejo que, con habilidad magistral, los irán vistiendo de vivos colores y listas de papel.
Cuentan que una rubia abuela (las abuelas son las asistentes preferidas del Conejo), en aquellos aÀos de la colonización, cocía los huevos en agua de remolacha o con vegetales verdes; a veces sólo con la piel de las cebollas, para obtener distintas tonalidades que sirvieran de base a su propósito.
Después vinieron las tinturas, el papel crepé, el barniz, posibilitando que cada huevo sea una verdadera pieza de arte, original e irrepetible.
Cuando todo esté listo, rellenos con una deliciosa pasta de maní, azúcar y leche, los fastuosos huevos son entregados al Conejo, quien se encargará de distribuirlos el domingo de Pascua.
La visita esperada Mientras se escribe este artículo, millares de ni¤os construyen los nidos donde el Conejo colocará los huevos. Cualquier recipiente es acondicionado con ternura, para que se encuentre seco y calentito a la hora de la visita.
Cajas de zapatos, cestas de papel, peque¤os canastos de tacuapí rellenos de paja, o pasto seco y adornados con flecos y mo¤os. Todo para conquistar al dadivoso roedor, cuando llegue el momento.
Claudio SalvadorLa rosca
de Pascua
sirve de
nido a
los huevos:
una
creación
del
chef
misionero
Carlos
Martens
En los comienzos, las familias pioneras vivían con intensidad ese episodio fantástico. El domingo, la casa amanecía sembrada de se¤ales; un sospechoso desorden de caramelos indicaba que el mensajero de grandes orejas había pasado por allí. Los nidos habían desaparecido y buscarlos era la incontenible pasión de chicos y grandes.
Según las condiciones del tiempo, dentro o fuera de la vivienda, en algún rincón escondido, o al final de una oportuna picada, abierta a machete en la selva circundante, el infaltable conejo había dejado su delicioso premio. Así son las dulces tradiciones que legaron a esta tierra de multicolor cultura los inmigrantes suizos y alemanes. Supieron imprimirle a la Pascua criolla, un singular sabor regional que el europeo peregrino cosechó en su largo viaje hacia la selva misionera.
Golpe de huevos Entre las costumbres populares helvéticas relacionadas con la Pascua, existe una que don Adolfo Gurtner, ex cónsul suizo en Eldorado, no dejó escapar de su emotivo testimonio. Bien temprano y abrigados, los chicos suizos van en busca de sus amigos para jugar al golpe de huevos que consiste en ofrecer un huevo al oponente, en la palma de la mano, para que éste golpee de punta o revés. Si logra romperlo, gana el huevo del rival. Se eligen los huevos de cáscara más dura, relata con picardía el pionero.
Cristianos en la fe y en las costumbres, los inmigrantes transportaron este equipaje de tradiciones a la tierra americana. Claro que aquí, el monopolio de los huevos estaba en manos del Conejo, cuyos compromisos adquiridos no ofrecieron margen para el milenario juego de los suizos.
(*) Basado en los relatos de Regina Kuhn, Adolfo Gurtner y otros pioneros del Alto Paraná.


